Si la asamblea constituyente, reunida en Buenos Aires en 1813, excluyó de su fórmula de juramento la fidelidad a Fernando VII, fue el Congreso reunido en Tucumán en 1816 el que proclamó la definitiva independencia de las Provincias Unidas en Sud-América. Pero, asimismo, dejaba atrás la "revolución" para conservar el "orden", al mismo tiempo que Buenos Aires prestaba su apoyo a la guerra de independencia devenida continental.
Entre 1811 y 1817 el Alto Perú fue escenario de lucha permanente entre fuerzas realistas y expediciones "libertadoras"; en Salta Martín Güemes organizó un ejército de "gauchos" para detener las invasiones realistas; y en Cuyo San Martín preparó el cruce de los Andes para liberar a Chile.
Pero desde 1810 fue el "arma" de la soberanía la que se esgrimió en todos los pueblos porque se consideraba legítima la existencia de diversas entidades soberanas, "naciones", "repúblicas", "ciudades soberanas", "estados" independientemente de su tamaño y poder. La aparición de las dos tendencias que predominaron en la escena pública rioplatense durante la primera mitad del siglo XIX -la que sostuvo la existencia de una única soberanía como base para la creación de un Estado-nación unitario opuesta a la que defendía la creación de tantas soberanías como pueblos (ciudades convertidas "provincias" luego de 1810)- iba a dividir por igual tanto a porteños como a provincianos.
En vísperas del Bicentenario, cuando en el espacio público se disputa más sobre las diferencias entre el Centenario y el Bicentenario, que sobre la experiencia iniciada en 1810, conviene recordar que la Revolución de Mayo inauguró un ciclo fundacional de experiencias que integra la declaración de la independencia de 1816.

(Artículo publicado el 23 de mayo)